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Sabina Álvarez de Eulate
Gómez de Segura

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Desojo

103 años

1922

"Sabina está a punto de cumplir 104 años. Ha vivido más de un siglo y, al escucharla, uno comprende que ella misma es historia."

Sabina nació en Desojo el 27 de octubre de 1922. Es la mayor de todas las personas entrevistadas para Evocaciones y mirarla produce una emoción difícil de explicar.

En su rostro hay más de un siglo de vida. En su mirada permanecen la ternura, la alegría y la curiosidad de quien todavía tiene ganas de contar. Y en su memoria sobreviven personas, lugares y escenas desaparecidas mucho antes de que algunos de nosotros naciéramos.

Sabina recuerda con una precisión sorprendente.

Recuerda nombres y apellidos, parentescos, casas, conversaciones, caminos y pueblos. Sabe quién vivía junto a la plaza, quién tenía tierras, quién se marchó después de la guerra y quién ayudó a una familia cuando las cosas se pusieron difíciles. A veces un recuerdo abre otro, y ese conduce a uno más, hasta que termina regresando al punto de partida con un detalle que parecía perdido desde hacía noventa años.

Escucharla es comprender que la historia también se conserva así: en la memoria de alguien capaz de recordar cómo era una calle, qué palabras pronunció una abuela o qué ropa llevaba el día de una boda.

Sabina fue una niña alegre y un poco traviesa.

En Desojo existían entonces las Hijas de María, una congregación a la que pertenecían las muchachas del pueblo. Un día, mientras jugaba en casa de su abuela, tuvo una discusión con una prima más pequeña. La niña fue corriendo a acusarla y la abuela amenazó a Sabina con darle dinero al cura para que la expulsara de las Hijas de María.

Sabina encontró enseguida una solución:

Si ya no podía pertenecer a las Hijas de María, algún día la admitirían en el Corazón de Jesús, reservado para las mujeres casadas.

La prima terminó haciéndose monja, junto con otras tres de sus hermanas, y durante años continuó recordándole aquella travesura.

Sabina todavía se ríe al contarlo.

A los once años dejó temporalmente Desojo para estudiar con las monjas concepcionistas en Santa Cruz de Mudela. Viajó junto a otras niñas de la zona y permaneció allí alrededor de un año y medio. Aprendió mucho. Tanto, que todavía recuerda con orgullo haber llegado a estudiar álgebra.

Entonces estalló la Guerra Civil.

Sabina aún no había cumplido catorce años. Los conventos comenzaron a ser atacados y las familias fueron a buscar a las niñas para llevarlas de regreso a sus pueblos. Algunas volverían más tarde a la vida religiosa.

Ninguna de las muchachas de Desojo lo hizo.

Sabina regresó a una casa llena de trabajo. Su familia tenía una pequeña carnicería y se dedicaba también al ganado y al comercio de trigo, cebada, avena y pieles. Su padre recorría los pueblos comprando y vendiendo. Su madre atendía buena parte de los negocios que permanecían en Desojo.

Los dos trabajaban mucho. Y sus hijas también.

Sabina ayudó en la carnicería, mató y despellejó corderos y ovejas, recogió espárragos, trabajó con las viñas, el champiñón y los cerdos y participó en cuanto fuera necesario para sostener la casa.

«He trabajado mucho», afirma.

Lo dice sin queja y sin buscar reconocimiento. Trabajar era la manera en que había aprendido a formar parte de su familia y a cuidar aquello que tenían.

Sabina nunca quiso marcharse de Desojo. Allí estaban su casa, sus tierras, sus padres, sus hermanos y una vida que, aunque exigía esfuerzo, sentía como propia. No pasó hambre y recuerda que en su casa comían y vestían bien, pero sabe que muchas familias del pueblo atravesaron una enorme pobreza.

Vio cómo se requisaban el trigo y otros alimentos. Vio a los hombres marcharse a la guerra y a quienes permanecían en el pueblo ocuparse también de las tierras de los ausentes. Vio regresar a algunos y desaparecer a otros.

Después contempló cómo muchas familias abandonaban Desojo en busca de trabajo. Unos marcharon a Vitoria; otros, a Pamplona, San Sebastián o Plasencia. Las casas fueron cerrándose y las calles perdiendo parte de la vida que ella había conocido.

Sabina permaneció.

Y nunca dejó que los años difíciles ocuparan por completo sus recuerdos.

Habla también de la ropa que le hacían en Logroño, de sus abrigos blancos y de un traje de piqué que llevó a una boda. Recuerda a la modista diciéndole que daba gusto coser para ella porque tenía «un tipillo tan bueno».

Javier, que la acompaña durante la entrevista, se lo confirma:

«Todo te caía bien.»

Sabina sonríe.

También recuerda cuando el cura de Desojo obligaba a las mujeres a entrar en la iglesia con velo y con los brazos completamente cubiertos. Si llevaban manga corta, tenían que ponerse unos manguitos.

Ahora, cuando ve cómo se viste la gente, piensa en aquellos sacerdotes y asegura entre risas que, si regresaran, mandarían a más de una persona a la cárcel.

Su sentido del humor permanece intacto.

Y también su espíritu independiente.

Sabina tuvo la primera bicicleta de mujer que se compró en Desojo. Con ella iba a Lazagurría, Espronceda y Aguilar, incluso cuando todavía no existía la carretera que hoy une algunos de esos pueblos. Visitaba a su hermana, hacía encargos para la familia y se desplazaba por la Sierra con una libertad que no era habitual para una muchacha de su tiempo.

Después llegaron los coches, el teléfono, la maquinaria agrícola y la Seguridad Social. Sabina vio aparecer cambios que transformaron por completo la vida cotidiana.

 

Recuerda el tiempo en que casi nadie tenía vehículo, las llamadas que debían hacerse a través de una central y los años en que enfermar significaba afrontar también el costo completo de los médicos y los hospitales.

Con poco más de veinte años acompañó a su madre a Zaragoza para someterse a una operación que todavía no realizaban en Pamplona. Permaneció allí durante meses cuidándola. Cuando los médicos necesitaron sangre, comprobaron que Sabina era compatible.

Y Sabina se la dio.

«He sido valiente para todo», dice.

Su valentía aparece en muchos momentos de su vida, aunque ella apenas se detenga a explicarla. Está en la joven que viajó con su madre para enfrentarse a una enfermedad grave y en la mujer que, muchos años después, cuidó durante cinco años a su hermano cuando enfermó.

Sabina no se casó, pero su vida nunca estuvo vacía de afectos. Permaneció profundamente unida a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, a sus primos y a una extensa red de amistades y vecinos.

Ella misma explica que siempre estuvo dispuesta a hacer favores.

Y también recuerda los favores que otros hicieron por ella.

Para Sabina, los pueblos eran lugares unidos por relaciones que iban mucho más allá de sus límites. Las personas de Desojo acudían a las fiestas de Espronceda, Sansol, Torres del Río o Aguilar. Quienes tenían una amistad cercana se quedaban a cenar y devolvían la visita cuando llegaban las fiestas propias.

«Vivíamos más unidos que en las capitales», dice.

Codés ocupaba también un lugar importante en aquella vida. Subían en romería por Pentecostés, iban a misa, rezaban el rosario y después bailaban al son de guitarras y acordeones. Sabina recorrió muchos lugares con sus hermanas y su hermano —Lourdes, Santiago, Benidorm—, pero nunca encontró un sitio que pudiera sustituir a su pueblo y a su tierra.

Cuando le preguntamos qué es lo que más le gusta de ella, responde:

«Todo.»

De Desojo, especialmente su casa y sus tierras.

Desde hace años vive en una residencia porque llegó un momento en que ya no podía permanecer sola. Reconoce el cuidado que recibe, pero cuando le preguntamos qué echa de menos de Desojo, vuelve a elegir la misma palabra:

«Todo.»

Su casa. Sus tierras. La plaza. Las personas. La vida que construyó allí.

Y las canciones.

Sabina cantó durante años en la iglesia. Interpretaba solos en las misas en latín y asegura que entonces cantaba «como los loritos». La música la acompañó también en los bailes, las fiestas y las excursiones.

Durante la entrevista le pedimos que cantara algo.

Advirtió que ya tenía poca voz. Y después nos regaló dos jotas.

La primera habla de alguien que sale de su tierra, recorre el mundo cantando y jamás olvida Navarra. Sabina la interpretó de memoria, con una voz frágil pero firme y con una emoción capaz de llenar la habitación.

Al terminar, todos aplaudimos.

La jota hablaba de ella, aunque Sabina nunca hubiera abandonado definitivamente Desojo. Hablaba de pertenencia, de identidad y de ese vínculo con la tierra que continúa vivo incluso cuando la vida obliga a alejarse de casa.

Mirarla cantar fue mirar más de un siglo de historia convertido en una voz.

Hacia el final de la entrevista le pedimos un consejo.

Después de 103 años, Sabina podía haber hablado del trabajo, de la valentía, de la salud o de la capacidad para superar las pérdidas.

Eligió otra cosa.

«Que seas tan cariñosa como lo he sido yo.»

Quizá ninguna frase podría retratarla mejor.

Sabina ha conocido la guerra y la paz, los caminos sin asfaltar y las carreteras, las mulas y los automóviles, las cartas y el teléfono, los pueblos llenos y las casas cerradas. Ha trabajado, ha cuidado, ha viajado, ha cantado y ha visto transformarse el mundo que conoció de niña.

Más de un siglo de vida no le ha quitado la calidez, el humor ni la ternura.

Sabina es historia.

Una historia que recuerda, canta, sonríe y, después de todo lo vivido, todavía elige el cariño.

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