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Luis Mari Rodríguez Pinillos

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Espronceda

87 años

1939

"Pocas personas expresan su amor  por esta tierra como Luis Mari, quien la ha recorrido, la ha cuidado y ha dedicado buena parte de su vida a trabajar por ella"

Luis Mari habla con la cercanía de quien ha pasado toda una vida entre la gente. Sus recuerdos no se detienen únicamente en los acontecimientos, sino en las personas: los vecinos que llenaban las calles, las cuadrillas que se buscaban de pueblo en pueblo, las mujeres que esperaban la llegada de la furgoneta o quienes se reunían en una casa para ver la televisión porque todavía era un lujo reservado a muy pocos.

Cuando le pedimos que se presentara, respondió:

«Nacido en Espronceda y sigo siendo de Espronceda».

La frase podría parecer sencilla, pero en él es casi una declaración. Lo mismo ocurre cuando le preguntamos dónde está la Sierra de Codés. En lugar de situarla en un mapa, dice que está «donde tiene que estar, porque estos pueblos nos merecemos la Sierra de Codés».

Evocaciones nació para escuchar a las personas mayores de noventa años de los pueblos de la Sierra de Codés. Luis Mari tenía menos cuando se sentó ante la cámara. Quería participar y compartir sus recuerdos con nosotros.

Y nosotros quisimos escucharlo. 

Porque hay vidas cuya importancia no puede decidirse únicamente por una cifra. Dejar fuera su voz habría significado perder una parte fundamental de la memoria de Espronceda y de toda la Sierra.

Su infancia quedó marcada por una responsabilidad demasiado grande para un niño. Con apenas diez años dejó la escuela porque las circunstancias de su familia exigían que alguien trabajara y ayudara en casa. Una de sus hermanas, cuenta, fue para él como una madre.

«Y con diez años uno no es un hombre, es un crío. Yo tuve que hacer de hombre».

Fue al campo, cargó sacos de trigo y trabajó unas tierras que no pertenecían a su familia. Todavía recuerda cuando, después de todo un año de esfuerzo, llegaba el propietario y se llevaba buena parte de la cosecha. Luis Mari no embellece aquellos años: el campo nunca le gustó.

Trabajó porque tenía que hacerlo. Hasta que decidió buscar otra vida.

Encontró una furgoneta anunciada en el Diario de Navarra, viajó hasta Bilbao para comprarla y regresó con ella a Espronceda. Empezó vendiendo lechugas, naranjas y algunos plátanos. Aquel vehículo marcaría los siguientes treinta y ocho años de su vida.

Desde entonces se levantó antes del amanecer, fue a abastecerse a Logroño y recorrió los pueblos llevando fruta, pescado, verduras y todo aquello que pudiera hacer falta. Así llegó a conocer la Sierra de una manera que pocos conocen: casa por casa y persona por persona.

Disfrutaba especialmente del trato con las mujeres que salían a comprar. Bromeaba con ellas, discutía un poco y sabía deshacer cualquier enfado con una mandarina, un melocotón o alguna de sus respuestas. Si alguien había esperado su llegada y él no llevaba lo que necesitaba, buscaba la manera de solucionarlo. En alguna ocasión terminó de vender en Aguilar a las diez de la noche y todavía continuó hasta Cabredo o Marañón para entregar unos pollos que había prometido para la comida del domingo.

Muchos esperaban la fruta, sí. Pero seguramente también esperaban a Luis Mari.

 

Su amor por Espronceda también se convirtió en compromiso. Fue alcalde durante cuatro años, concejal durante dieciséis y presidente de la Junta de Codés. Desde esas responsabilidades buscó recursos, impulsó mejoras para su pueblo y trabajó para que llegaran inversiones importantes al Santuario de Codés.

Apenas se detiene en los cargos. Le importa más lo que consiguió hacer. Porque para Luis Mari querer un pueblo también significa trabajar por él.

Y en el corazón de su relación con la Sierra está la Virgen de Codés.

Habla de ella con una devoción profunda. Recuerda los paños que se pasaban por la imagen para llevarlos después a las personas enfermas, las antiguas romerías y los caminos llenos de familias llegadas desde los pueblos de Navarra y desde La Rioja.

En una ocasión subió desde Espronceda, junto a otro hombre, cargando el Cristo grande de la iglesia. Iban a pedir lluvia. Personas de muchos pueblos se reunieron en Codés, celebraron misa y compartieron la comida. Durante el sermón, el sacerdote señaló una pequeña nube y anunció que traería el agua que estaban esperando.

Por la tarde regresaron completamente empapados.

Las cruces tuvieron que quedarse en Codés y días después volvieron a recogerlas y a dar las gracias.

Luis Mari se ríe al recordar que alguien dijo que se habían mojado por fuera con la lluvia y por dentro con el vino.

En esa historia están muchas de las cosas que ama: la Virgen de Codés, la Sierra, los pueblos reunidos, la fe, la comida compartida y esa manera tan suya de contar algo importante sin renunciar al humor.

Ha visto cerrar la escuela, marcharse a muchas familias y reducirse las romerías. Pero sigue defendiendo aquello que, para él, distingue a Espronceda: su forma de recibir a quien llega. Aquí, dice, la gente se saluda, se detiene a conversar y hace sitio a quien viene de fuera.

Quizás por eso, entre todas las frases que compartió con nosotros, hay una que resume su manera de mirar el territorio:

«A mí me gustaría que volvieran los pueblos a ser lo que han sido. Con solamente eso me conformaría.»

Y al decir eso habla de las calles llenas, de las conversaciones, de los enfados que terminaban pasando y de una comunidad capaz de volver a sentarse junta. Habla de un lugar donde todavía importa saber quién necesita algo.

El amor de Luis Mari por esta tierra se reconoce en los caminos que conoce, en todo lo que ha hecho por Espronceda y por Codés y en la emoción con la que sigue hablando de ellas.

Ese cariño también vuelve a él. Está en quienes lo saludan, se detienen a conversar y recuerdan con una sonrisa su llegada al volante de la furgoneta.

Luis Mari quiere profundamente a esta tierra.

Y son muchos quienes, en esta tierra, lo quieren también.

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