

Genevilla
93 años
"Algunas personas consiguen que el paso del tiempo parezca más amable. Gloria es una de ellas."
Gloria tenía noventa y dos años y estaba a punto de cumplir noventa y tres cuando se sentó a conversar con nosotros y con sus amigos. Habla con una vitalidad que enseguida llena el espacio. Recuerda, interviene, se ríe y defiende sus historias con absoluta confianza.
Su vida está unida a Genevilla, pero también a un amor que comenzó cuando apenas tenía catorce años.
El joven con quien salía había preparado los papeles para marcharse a Argentina. Allí lo esperaban un hermano y un primo que ya habían construido una nueva vida. Cuando fue a despedirse, Gloria le dijo que, si se marchaba, aquello se terminaba. Ella no sabría nada de su vida allí y él conocería la suya desde lejos.
Entonces él respondió:
«Pues no me voy.»
Y se quedó.
Gloria lo cuenta con el orgullo intacto de quien sabe que aquel gesto cambió sus vidas para siempre.
«Es el único hombre que he tenido en mi vida. Un hombre maravilloso.»
Lo dice, como ella misma asegura, «con la boca grande». Sin timidez y sin restarle importancia al amor que compartieron.
Juntos construyeron una vida marcada por el trabajo. Durante la construcción de la casa parroquial, Gloria recibió en su pequeña vivienda a ocho trabajadores gallegos. Cocinaba para ellos, lavaba la ropa sin lavadora y buscaba la manera de acomodarlos, aunque en su cocina apenas había un fogón y, cuando llovía, el agua entraba por la chimenea.
Más tarde volvió a alojar a los hombres que llegaron para trabajar en la concentración parcelaria. Y todavía después tuvo durante años a un celador como huésped.
Gloria siempre encontraba la forma de hacer sitio.
Cuando nació su segundo hijo, la familia abrió una carnicería. Su marido recorría Marañón, San Román y Bujanda vendiendo carne, mientras ella atendía la casa, cuidaba a los niños y aprovechaba cada parte del animal porque entonces nada podía desperdiciarse. Al final del día todavía quedaban las patas y los callos por limpiar.
«Tela marinera, lo que he tenido que trabajar. Pero bueno, aquí estoy.»
Gloria pronuncia esas palabras sin amargura.
Aquí está.
Después de una vida de jornadas interminables, de hijos, de huéspedes, de preocupaciones y de todo aquello que salió adelante gracias a sus manos.
También permanece muy viva su fe. Recuerda la enfermedad de una de sus hijas y la promesa que hizo a la Virgen de Loreto y a la Virgen de Codés. Durante un año vistió un hábito para agradecer que la niña se hubiera recuperado.
Al contarlo, Gloria dice algo que va mucho más allá de cualquier tradición religiosa:
«Bueno, lo que hacemos las madres. Esa ilusión que tenemos por los hijos.»
En esa frase está ella entera.
Una mujer que ha trabajado, cuidado, esperado y querido con todas sus fuerzas.
Sus recuerdos conservan también un Genevilla lleno de gente, animales, bailes y conversaciones. El bar de su madre era uno de aquellos lugares donde se reunían las cuadrillas y siempre había alguien entrando o saliendo. Las puertas permanecían abiertas y la vida de los demás formaba parte de la propia.
Esa cercanía es una de las cosas que más echa de menos.
Sin embargo, durante la entrevista volvimos a verla. Estaba en la forma en que los cuatro amigos se interrumpían, se corregían y se hacían reír. Estaba en la confianza con la que Tere discutía algún nombre y Antonio intentaba defender sus recuerdos. Estaba en esa conversación donde ninguna historia pertenecía por completo a una sola persona.
Gloria ha conocido el esfuerzo, la pérdida y los cambios de un pueblo que ya no se parece al de su infancia. Pero su manera de mirar la vida nunca permite que las dificultades ocupen el lugar del cariño.
Su fortaleza tampoco es silenciosa ni solemne.
La fortaleza de Gloria habla, se ríe, da gracias y, después de todo lo vivido, todavía puede mirar alrededor y decir:
«Aquí estoy.»
Quizá por eso, después de escucharla, el paso del tiempo parece, no un poco, sino mucho más amable.
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