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José Antonio Martínez Zubano

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Genevilla

91 años

1934

"La tierra endureció sus manos, pero nunca consiguió apagar la alegría con la que recuerda y vive la vida."

La entrevista de Genevilla fue distinta desde el principio. José Antonio, María Teresa, María Isabel y Gloria quisieron hacerla juntos. Preferían recordar entre amigos, acompañarse y ayudarse cuando algún nombre o una fecha parecían escaparse.

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Con Antonio ocurrió algo muy bonito: cada vez que comenzaba una historia, las mujeres que estaban a su lado sabían algo más. Lo corregían, completaban sus recuerdos o aprovechaban para hacerle alguna broma. Él protestaba un poco, defendía su versión y terminaba riéndose con ellas.

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Aquella forma de hablar mostraba una amistad construida durante muchos años.

Cuando le pedimos que dijera su nombre, respondió:

«Pues mi nombre yo creo que es Antonio, ¿verdad?»

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Los demás se encargaron de completar los apellidos y recordarle que, en realidad, se llama José Antonio, aunque todos lo conocen como Antonio.

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Nació en Genevilla y allí ha vivido siempre. Al preguntarle si alguna vez se había marchado, contestó sin dudar: «Toda mi vida llevo aquí.»

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Su vida está profundamente unida a la tierra. Trabajó en el campo desde muy joven y conoció un tiempo en el que las estaciones se medían por aquello que tocaba sembrar, recoger o cuidar.

Recuerda los inviernos arrancando remolacha bajo la nieve. Todavía no existían guantes de goma y se ponían calcetines en las manos para intentar protegerse. Se mojaban enseguida, pero había que continuar.

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También recuerda las noches dedicadas al riego. Esperaba a que se detuviera el viento y permanecía junto al agua mientras los demás dormían. Llegó a regar terrenos en cuatro pueblos distintos. Y cuando una cerda estaba a punto de parir, pasaba la noche vigilando para evitar que aplastara a sus crías.

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Después llegaron los tractores, los camiones y las cosechadoras. Antonio aprendió a trabajar con la maquinaria y recorrió otros lugares durante las campañas agrícolas, pero siempre regresó a Genevilla.

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A través de sus recuerdos puede verse cómo cambió el campo. Algunos cultivos dejaron de ser rentables, las pequeñas granjas fueron desapareciendo y muchos jóvenes marcharon hacia las fábricas de Vitoria, Pamplona o Logroño.

Antonio se quedó.

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Vio vaciarse poco a poco un pueblo que había conocido lleno de gente, con cuadrillas, bares, bailes y canciones. Pero cuando lo cuenta, la tristeza nunca ocupa todo el espacio. Siempre aparece una anécdota, una jota o alguna intervención de sus amigas capaz de devolver la risa a la conversación.

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Ellas conocen sus historias, saben cómo provocarlo y se permiten bromear con él con esa confianza que solamente conceden los años. Durante algunos momentos, los cuatro vuelven a mirarse como los jóvenes que fueron y nosotros podemos asomarnos a una amistad que ha sobrevivido al paso del tiempo.

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Pero hay un episodio en la vida de Antonio que cambia por completo la forma de escucharlo.

A los veintiocho años sufrió un gravísimo accidente de motocicleta. Lo dieron por muerto, recibió la extremaunción y lo enviaron a casa creyendo que no sobreviviría.

Antonio salió adelante.

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Al escucharlo, resulta inevitable pensar en los pueblos. A ellos también se los da por perdidos demasiado pronto. Se dice que están muriendo cuando se cierran las casas y las calles quedan en silencio.

Y, sin embargo, siguen.

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Siempre permanece una esencia, una persona que recuerda, alguien que regresa, una familia nueva que llega o un nieto que decide construir su casa en el pueblo de los suyos.

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Más de sesenta años después de aquel accidente, Antonio continúa en Genevilla. Sigue contando cómo era la vida, recordando las jotas y riéndose con las amigas que completan sus historias. Al día siguiente de aquellas noches de canciones esperaba otra jornada de trabajo, pero durante unas horas las calles pertenecían a la música y el pueblo parecía no terminar nunca.

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Antonio salió adelante cuando ya lo daban por perdido.

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Genevilla, como tantos pueblos, también continúa encontrando maneras de seguir vivo.

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Mientras haya alguien que recuerde, alguien que regrese y alguien dispuesto a escuchar, ni las vidas ni los pueblos habrán dicho todavía su última palabra.

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