

Genevilla
84 años
"En la mirada de Tere todavía caben las plazas llenas de niños, los veranos interminables y un pueblo que no está dispuesto a desaparecer."
Durante la entrevista compartida de Genevilla, María Teresa estaba pendiente de todo. Escuchaba a sus amigos, completaba sus recuerdos, corregía algún nombre y rescataba los detalles que amenazaban con perderse entre tantas voces.
Había algo muy hermoso en aquella forma de participar.
Tere —como todos la llaman— parecía cuidar la memoria de los demás con la misma atención con la que cuidaba la suya.
Nació en Genevilla hace ochenta y tres años y allí ha vivido siempre.
«He nacido en Genevilla y siempre en Genevilla. A la escuela y todo.»
La frase es sencilla, pero contiene una vida entera. Quedarse significa haber conocido cada casa habitada, reconocer a las familias por sus nombres y haber visto cómo las calles se iban quedando en silencio.
En la memoria de Tere todavía vive otro Genevilla.
Un pueblo lleno de niños y niñas que jugaban en la plaza. Las tardes saltando a la comba, el cura que pasaba camino del Rosario y aquella carrera de regreso a casa porque su presencia anunciaba que el día había terminado. Los bailes en el granero, el sonido del acordeón, las fiestas y una juventud que parecía ocupar todos los rincones.
Mientras la escuchábamos, aquellas escenas dejaban de parecer recuerdos lejanos.
Tere conseguía que volvieran a tener voces, movimiento y alegría.
También trabajó desde muy joven. Por las mañanas ayudaba en casa y, cuando llegaba la tarde, salía al campo a recoger patatas o a realizar las labores de cada temporada. Conoció los inviernos de la remolacha, cuando unos calcetines servían para proteger las manos y se empapaban enseguida bajo la lluvia o la nieve.
«Ya nos ha tocado duro, ya.»
Lo dice sin detenerse demasiado en el sufrimiento, como tantas mujeres de su generación. El trabajo estaba allí y había que hacerlo.
Su vida también se construyó en Genevilla. Cuando se casó, su marido cambió de casa, pero no de pueblo: se instaló con ella, sus padres, un tío soltero y una hermana.
«Todos a burullo», recuerda Tere entre risas.
Cuando la entrevistamos, estaban cerca de cumplir sesenta y siete años de casados. Casi una vida entera compartiendo el mismo pueblo, la misma familia y todos los cambios que recordarían juntos.
En ellos aparecen los años de escasez, las comidas que apenas variaban y las conversaciones sobre la guerra que solamente podían mantenerse dentro de casa y en voz baja. También está la muerte de su abuela por una pulmonía, cuando todavía no existían los antibióticos que quizá habrían podido salvarla.
Pero la memoria de Tere siempre termina regresando a la gente.
A las familias reunidas, a las fiestas, a los caminos recorridos juntos y a esa forma de ayudarse que hacía posible levantar una cosecha, cuidar una casa o celebrar con muy poco.
Habla con especial cariño de la Virgen de Codés y de las ermitas que formaban parte de la vida del pueblo. Le duele recordar la de Encinero.
Cuando se cayó el tejado, varias personas propusieron arreglarla trabajando durante los fines de semana. Aquella iniciativa nunca llegó a realizarse y la ermita terminó viniéndose abajo.
Al contarla, da la impresión de que Tere no lamenta únicamente la pérdida del edificio.
Le duele también que se perdiera la oportunidad de salvarlo entre todos.
Recuerda igualmente cómo la Virgen de Loreto bajaba a la iglesia por San Isidro para proteger los campos del granizo y permanecía allí durante todo el verano. En septiembre regresaba a su ermita. A la bajada y a la subida, el pueblo encendía una hoguera y compartía pan, tomate, pimientos, jamón y huevos.
Tere era todavía una niña, pero conserva la escena completa.
Quizá eso sea lo que más emociona al escucharla: comprender todo lo que puede caber dentro de una persona. Las voces de quienes ya no están, las casas llenas, el frío en las manos, las hogueras y una plaza en la que parecía que siempre habría niños jugando.
Hoy muchas de aquellas casas permanecen cerradas y la vida del pueblo ha cambiado. Sin embargo, cada verano regresan sus nietos y otras familias vuelven a abrir puertas y ventanas. Durante un tiempo, Genevilla recupera voces, pasos y encuentros.
Entonces el pueblo vuelve a parecerse un poco al que Tere guarda en la mirada.
María Teresa ha permanecido toda su vida en Genevilla.
Y, de alguna manera, gracias a su memoria, Genevilla también permanece.
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