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Daría Martínez Díaz de Cerio

En su memoria

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Aguilar de Codés

91 años

1935-2026

"Algunas personas tienen el don de hacer que un lugar vuelva a respirar cada vez que hablan de él. Daría era una de ellas"

Daría fue nuestra primera entrevistada. Por eso, de algún modo, con ella comenzó Evocaciones.

Aquel día nos esperaba arreglada con esmero y con las ideas muy claras. La acompañaba una de sus hijas, que hablaba de ella con una admiración llena de cariño. Bastaba verlas juntas para comprender cuánto se querían. El amor entre ellas estaba en la forma de mirarse, de escucharse y de permanecer pendientes la una de la otra.

Daría nos recibió con una enorme amabilidad. Antes de que comenzaran las preguntas, quiso mirar a la cámara y decir algo:

«Hola, cariño. Noah, te voy a dedicar un programa que estamos grabando sobre las cosas de cuando yo era niña… Te lo dedico para ti, que te gustan mucho las cosas de la guerra y las cosas de antes que no has visto. Un beso, cariño.»

Así comenzó la primera entrevista de Evocaciones: como un regalo.

Daría había comprendido perfectamente el sentido de aquella grabación. Quería contar lo vivido para que alguien más joven pudiera conocer un tiempo que ya no le había tocado ver. Y lo hizo con una memoria extraordinaria, enlazando nombres, lugares y acontecimientos con una claridad que asombraba. No solo recordaba lo sucedido: recordaba cómo se hacía cada cosa, quién estaba allí y hasta las palabras con las que se nombraba.

Su infancia transcurrió en un Aguilar de Codés muy distinto al de hoy. En la escuela, más de cuarenta niñas de diferentes edades se reunían alrededor de un pequeño hornillo que llevaban encendido desde casa. Había días en que ni siquiera aquel fuego bastaba y la maestra las enviaba de regreso porque el frío hacía imposible continuar.

Apenas dejó la escuela, comenzó a ayudar a su familia. Subía por la sierra para llevar el almuerzo y la comida a quienes segaban bajo el sol; bajaba hasta la fuente para llevarles agua fresca y trabajaba con la azadilla entre remolachas, viñas y trigales. Entonces las manos hacían buena parte de lo que hoy resuelven las máquinas y nadie parecía preguntarse si era pronto para empezar: el trabajo formaba parte de la vida desde la infancia.

Pero en sus recuerdos también cabían las pequeñas alegrías. Una onza de chocolate era un lujo y su madre la colocaba de esquina sobre el pan para que pareciera más grande. Daría lo contaba tantos años después con una viveza que permitía imaginar a aquella niña mirando su merienda y creyendo, quizá por un instante, que le había tocado un pedazo mayor.

También conservaba intacto el recuerdo de un pueblo lleno de gente. Aguilar tenía más de seiscientos habitantes, panadería, dos mataderos, tiendas, bares y calles donde todos se conocían. A los bailes acudían jóvenes de Azuelo, Cabredo, Genevilla y Torralba; las familias llegaban para quedarse durante todas las fiestas y los mozos recorrían los bares reuniendo dinero para pagar a la banda de Oyón.

Daría recordaba las muñecas adornadas de Santa Águeda, el Jueves de Lardero llamando de puerta en puerta, la quema de Judas y las fiestas de Codés, cuando los caminos se llenaban de caballerías y personas. Fue cofrade de la Virgen y hablaba de aquellos días con el cariño de quien no los entendía únicamente como una tradición religiosa, sino como una forma de pertenecer a su tierra.

Conoció igualmente la otra cara de aquellos años: los sacos de trigo llevados por el monte para evitar que fueran requisados, el pan amasado en el horno común, las familias que aprendieron a vivir con poco y los nombres de quienes no regresaron de la guerra. Pero la dureza nunca ocupaba por completo su relato. Siempre aparecía después una fiesta, una amiga, una comida familiar o alguna frase dicha con la gracia suficiente para devolverle luz a la conversación.

Cuando se casó, el trabajo cambió de forma, pero no disminuyó. Mientras su marido recorría las carreteras con el camión, ella atendía una granja con quinientos pollos y decenas de cerdos. Cocinaba, cuidaba de sus hijos y, cuando el campo y los animales se lo permitían, bordaba a máquina. Había preparado con sus propias manos su ajuar y continuó cosiendo hasta que las obligaciones apenas le dejaron tiempo.

Le gustaba cocinar para los suyos. Preparaba croquetas, carrilleras, cordero al chilindrón y un flan que su hijo seguía reclamándole cuando pasaba demasiado tiempo sin hacerlo. Había aprendido de su suegra, de los libros y de la práctica, porque para Daría el cariño también podía servirse en un plato y esperar a la familia sobre la mesa.

Era una mujer sociable. «Yo me hago amigas y tengo amigas por todos sitios», decía con naturalidad. Y debía de ser cierto: cuando faltó a alguna misa en Codés porque se encontraba de viaje, todo el pueblo preguntó por ella.

Hablaba de su familia con el mismo orgullo. Contaba que uno de sus nietos le pidió que escribiera su nombre en un papel y después se lo tatuó en el brazo. Al recordar a sus hijos, nietos y bisnietos, exclamó durante la entrevista:

«¡Mira qué familia tengo yo! ¡Cómo me quieren!»

Nosotros ya lo habíamos percibido aquella mañana, al verla junto a su hija. Daría estaba rodeada por una familia que la admiraba, la cuidaba y la quería profundamente.

En esa frase estaba también la vida que había construido a su alrededor.

Daría veía con tristeza las casas vacías y las calles por las que ya podía pasear sin encontrarse casi con nadie. Había conocido un pueblo con más gente que viviendas y ahora contemplaba cómo muchos jóvenes tenían que marcharse para estudiar o trabajar. Aun así, nunca habló de Aguilar como de un lugar que pudiese terminarse. Mientras ella lo contaba, el pueblo volvía a llenarse de nombres, risas, música, animales, trabajos y celebraciones.

Eso ocurre cada vez que volvemos a escucharla.

Al comenzar la entrevista, Daría quiso dedicar sus recuerdos a Noah. Con aquel gesto convirtió la grabación en un regalo para alguien a quien quería.

Hoy sabemos que también nos lo dejó a todos.

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