


Espronceda
94 años
"Escuchar a Goyo es escuchar el latido de un pueblo que se resiste a desaparecer."
Hay personas que hablan y uno tiene la sensación de que el tiempo empieza a caminar hacia atrás.
Goyo posee una memoria prodigiosa, de esas que no solo conservan nombres, refranes, poemas o fechas, sino el peso de un saco de paja sobre los hombros, el sonido de una hoz abriéndose paso entre el trigo o el olor del pan recién salido del horno de la villa.
Su infancia apenas tuvo espacio para ser infancia. Con tan solo dos años perdió a su padre y, siendo todavía un niño, comenzó a trabajar la tierra para ayudar a sacar adelante a una familia que había aprendido demasiado pronto el significado de la ausencia. Creció entre bueyes, viñas, eras y cosechas, cuando la fuerza de los animales marcaba el ritmo de las estaciones y cada jornada empezaba mucho antes de que amaneciera.
Con el paso de los años, sus manos dejaron de sostener únicamente la hoz y las riendas de los bueyes para abrir el bar del pueblo, un lugar que durante mucho tiempo fue mucho más que un negocio: fue refugio de conversaciones, risas, celebraciones y encuentros. Un espacio donde la vida cotidiana seguía escribiéndose alrededor de una mesa, de un vaso de vino o de una partida de cartas.
Su relato dibuja un pueblo que hoy parece pertenecer a otro tiempo: las mujeres marcando sus panes antes de llevarlos al horno, los vecinos reuniéndose para ayudarse mutuamente a terminar la trilla antes de que cambiara el viento, los bailes en la plaza donde había que pedir "favor" para poder sacar a bailar a la muchacha que uno quería conquistar, los trueques con los pueblos de la montaña, las fiestas compartidas y los músicos que convertían cualquier reunión en una celebración.
Pero en su memoria también permanece el reverso de aquella vida: el hambre, el pan negro elaborado con trigo molido a mano, los animales requisados, el miedo silencioso de la posguerra y los ingeniosos escondites donde las familias protegían aquello que tanto esfuerzo les había costado conseguir.
Y, sin embargo, nada de ello ha conseguido borrar su manera de mirar el mundo.
Goyo pertenece a una generación que aprendió a convivir con la dureza sin permitir que la amargura echara raíces. Quizá por eso, escucharle es mucho más que acercarse a la historia de un hombre. Es descubrir la memoria de un pueblo entero contada por alguien que todavía recuerda el mundo con una precisión extraordinaria.