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Gregorio Valencia
Díaz de Cerio (Goyo)

Espronceda

93 años

1933

"Escuchar a Goyo es escuchar el latido de un pueblo que se resiste a desaparecer."

Hay personas que hablan y uno tiene la sensación de que el tiempo empieza a caminar hacia atrás.

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Con Goyo pasa algo más: el tiempo no solo vuelve, sino que se llena de gente, de sonidos, de trabajos, de canciones y de risas. De pronto recita un poema, canta, recuerda un refrán, hace un paso de baile o cuenta una de esas historias que comienzan en un sitio y terminan llevándonos a muchos otros.

Porque así es él.

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Mucho antes de encender la cámara, las largas pláticas con Goyo ya habían comenzado a dar forma a Evocaciones. Entonces quizás no sabíamos cuánto, pero algo estaba sucediendo: escucharlo nos hacía sentir que historias como la suya tenían que conservarse y compartirse.

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Goyo posee una memoria prodigiosa, de esas que no solo conservan nombres, refranes, poemas o fechas, sino también el peso de un saco sobre los hombros, el sonido de una hoz abriéndose paso entre el trigo o el olor del pan recién salido del horno de la villa.

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Recuerda cómo se hacía cada cosa.

La zoqueta, la parva, los bueyes, el molino, los animales, las viñas… Puede explicar una tarea paso a paso, con una precisión que sorprende. Sabe cómo se segaba, cómo se separaba el grano, de qué manera se aprovechaba el cierzo y cuánto esfuerzo había detrás de trabajos que hoy apenas podemos imaginar.

Pero Goyo no se limita a describirlos. Mientras habla, recuerda quién estaba allí, qué se dijo, qué salió mal o por qué todo terminó en una buena carcajada.

 

Él mismo lo explica de una manera muy suya: «La vida tiene muchos recuerdos, según los quieras coger, ¿verdad?».

Y Goyo sabe cogerlos.

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Su infancia apenas tuvo espacio para ser infancia. Comenzó a trabajar siendo muy pequeño y perdió a su padre cuando solo tenía dos o tres años. Creció sin conocerlo, ni siquiera a través de una fotografía.

Muchos años después encontró su firma en un antiguo documento familiar.

La mira todos los días.

Quizás para cualquier otra persona sean únicamente un nombre y unos trazos sobre un papel. Para Goyo, esas letras son lo más cerca que ha podido estar del padre al que no pudo recordar.

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También habla de la escuela, del frontón y de sus años como monaguillo. De los sesenta y cuatro peldaños que subía para tocar las campanas y de aquel reloj de la iglesia que marcaba las horas para quienes trabajaban en el campo.

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A través de sus recuerdos aparece un Espronceda lleno de vida. Un pueblo de agricultores, pastores, niños, músicos y oficios hoy desaparecidos; con su horno, su molino, sus animales, sus fiestas y una manera de vivir en la que los vecinos se necesitaban unos a otros. Goyo recuerda cómo se trabajaba, pero también cómo se celebraba, cómo se pedía un baile, cómo se preparaba una comida y cómo cualquier reunión podía acabar entre canciones, poemas y chistes.

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También habla de los años difíciles.

Del miedo durante la guerra, del hambre que vino después, del pan oscuro y del trigo molido a mano. Lo cuenta sin adornarlo. Goyo sabe muy bien cuánto costaba aquella vida y por eso tampoco se queda atrapado en la nostalgia.

«Yo lo que te digo lo he vivido; lo que pasa es que el cambio ha sido muy rápido», dice.

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Ha visto transformarse el campo, llegar las máquinas y desaparecer muchas de las tareas que marcaron su juventud. Ha aprendido a aceptar los cambios porque la vida sigue y hay que seguir con ella.

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La ciudad nunca consiguió convencerlo. Pasó veintiocho días en San Sebastián, donde incluso tenía un trabajo preparado, pero regresó. Su lugar estaba en Espronceda, en el campo y junto a Amelia, de quien supo desde muy joven que sería su compañera. Juntos formaron una familia de seis hijos de la que habla con un orgullo que se le nota.

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Primero abrió el bar Caribe y, tiempo después, el bar Txankete. En los dos hubo comidas, partidas, músicos, conversaciones y muchas historias. Goyo es hospitalario por naturaleza: recibe con amabilidad a quien llega, disfruta compartiendo la mesa y sabe convertir una visita en uno de esos buenos ratos que te encantaría alargar.

Quizás por eso, a su lado, siempre queda tiempo para una anécdota más.

La entrevista duró casi tres horas. Al terminar, Goyo todavía tenía otro chiste que contar. De hecho, pensaba que teníamos todo el mes para seguir grabando.

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Y quizás esa sea la mejor manera de explicar quién es: alguien para quien siempre queda otro recuerdo, otro poema, otra canción o un nuevo capítulo al que pasar.

Goyo pertenece a una generación que conoció el trabajo desde muy pequeña, atravesó la guerra y la posguerra y ha vivido una transformación del mundo difícil de abarcar. Su testimonio conserva todo eso, pero también algo más: una manera de recibir, de conversar, de compartir lo vivido y de hacer que los recuerdos vuelvan a ocupar su lugar entre nosotros.

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Goyo es una de las personas que inspiraron Evocaciones y ocupa un lugar muy especial para nosotros. Le tenemos un cariño que ha ido creciendo en cada plática, en cada visita y en esa forma tan suya de hacer sentir bienvenido a quien llega.

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Su manera de contar la vida nos ayudó a comprender que la memoria está hecha de grandes acontecimientos, sí, pero también de gestos, trabajos, palabras, sonidos y pequeños momentos que podrían desaparecer si nadie se detiene a escucharlos.

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Por fortuna, Goyo ha querido compartir los suyos.

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Y nosotros hemos tenido la enorme suerte de sentarnos a escucharlo.

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