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Espronceda

86 años

"Luis Mari deja huella por la manera en que hizo sentir a quienes tuvieron la suerte de cruzarse en su camino."

Luis Mari habla con la cercanía de quien ha pasado toda una vida entre la gente. Sus recuerdos no se detienen únicamente en los acontecimientos, sino en las personas que los hicieron posibles: los vecinos que llenaban las calles, las cuadrillas que se buscaban de pueblo en pueblo para compartir una tarde, las mujeres que esperaban la llegada de la furgoneta de la fruta o quienes se reunían en una casa para ver la televisión porque todavía era un lujo reservado a muy pocos.

Su infancia quedó marcada por una responsabilidad demasiado grande para un niño. Con apenas diez años dejó la escuela para trabajar la tierra después de perder a sus padres. "Y con diez años uno no es un hombre, es un crío", recuerda. Aun así, aprendió a cargar sacos de trigo, a cuidar de su familia y a asumir un papel que la vida le había impuesto antes de tiempo. En sus palabras nunca hay reproche; solo la serenidad de quien entiende que cada generación tuvo que hacer lo que le tocó.

Con el tiempo decidió alejarse del campo. Compró una pequeña furgoneta y comenzó a recorrer los pueblos vendiendo fruta, pescado y verduras. Durante décadas madrugó antes del amanecer para abastecerse en Logroño y recorrer la comarca. Conocía a cada familia, sabía qué necesitaba cada casa y disfrutaba, especialmente, del trato con la gente. No es difícil imaginar que muchas vecinas esperaran tanto la conversación como la fruta.

Su memoria conserva también una Sierra de Codés profundamente unida a la devoción por la Virgen, cuando las romerías reunían a cientos de personas y los caminos se llenaban de peregrinos. Recuerda los bares donde nunca se hablaba de política, solo de guitarras, aceitunas, guindillas y vino; una forma sencilla de entender la convivencia en la que las diferencias quedaban fuera de la mesa.

Pero también permanecen los años más duros: el miedo a la Guardia Civil, los escondites construidos en casa para proteger la harina o el café, la escasez y el esfuerzo de quienes aprendieron a salir adelante con muy poco. Son recuerdos que aparecen sin dramatismo, como parte de una vida que nunca dejó de mirar hacia delante.

A pesar de todo, cuando Luis Mari habla del presente, vuelve siempre a la misma idea: la importancia de los pueblos y de las personas que los habitan. Le entristece ver las escuelas vacías y las romerías cada vez más pequeñas, pero sigue creyendo que la mayor riqueza de un pueblo continúa siendo su gente.

Quizá por eso, entre todas las frases que compartió con nosotros, hay una que resume su manera de entender la vida:

"A mí me gustaría que volvieran los pueblos a ser lo que han sido. Con solamente eso me conformaría."

Luis Mari pertenece a esa generación que entendía que un pueblo no se mide por el número de habitantes, sino por la forma en que sus vecinos se saludan, se ayudan y se hacen un sitio unos a otros. En él, la memoria siempre tiene rostro, conversación y nombre propio.

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