


Bargota
93 años
"Dicen que cada persona ocupa un lugar en el mundo. Consuelo ha sabido construir un lugar al que siempre apetece volver."
Volver a casa no siempre significa regresar a un lugar. A veces basta la presencia de una persona para que el tiempo se aquiete y todo recupere su sitio. Eso ocurre con Consuelo.
Ella habla con la serenidad de quien ha aprendido que la vida se sostiene, casi siempre, en las cosas sencillas. En sus recuerdos no hay grandes gestas, sino huertos que alimentaban a toda una familia, tardes de juegos en la plaza de la iglesia, madres protectoras, vecinas que acudían unas a otras cuando hacía falta y hogares donde los libros ocupaban un lugar tan importante como el pan.
Creció en una familia numerosa de labradores, donde el trabajo y el cuidado caminaban de la mano. Fue una de las mayores de su clase y pronto comenzó a ayudar a la maestra, un pequeño orgullo que todavía hoy recuerda con una sonrisa. Aquella infancia, marcada por la sencillez y el esfuerzo, también estuvo llena de afecto. Sus padres, grandes amantes de la lectura, sembraron en ella una curiosidad que ha permanecido intacta con los años. Aún recuerda con emoción Corazón, de Edmondo De Amicis, un libro que leyó siendo apenas una niña y que todavía conserva un lugar especial en su memoria.
Su vida cambió al marcharse a servir a Logroño, donde descubrió un mundo muy diferente al que conocía. Poco después regresó, se casó y, junto a su marido, abrió un bar que durante años fue otro de esos lugares donde un pueblo aprende a conocerse mejor.
En su relato aparecen también los años difíciles. El hambre de la guerra, los rumores que hacían esconderse a las familias, los pueblos que poco a poco comenzaron a vaciarse cuando muchas personas marcharon en busca de trabajo. Pero incluso esos recuerdos llegan envueltos en una mirada serena, más cercana a la comprensión que a la nostalgia.
Quizá porque, para Consuelo, la verdadera riqueza nunca estuvo en lo que se tenía, sino en las personas con quienes se compartía la vida. Habla con el mismo cariño de sus padres que de sus hijos, de sus nietos o de su bisnieta, y cuando se le pregunta qué le gustaría decirle a su familia, responde con una sencillez que emociona precisamente porque no necesita adornos:
"Que me hagan compañía."
Hay frases que contienen más que simples palabras. La suya habla del profundo valor que siempre dio a la presencia de los demás, a las conversaciones compartidas y al calor de un hogar habitado.