


(Andoain) Desojo
x años

(Álava) Desojo
x años
"Hay amores que se cuentan en años.
El suyo se mide en recuerdos compartidos."
Hay historias que pertenecen a una sola persona y otras que nacen del nosotros. La de Jesús Luis y Margarita siempre ha sido una historia compartida. Escucharles es asistir a una conversación construida durante toda una trayectoria de vida. Apenas hace falta que uno termine una frase para que el otro la continúe. Los recuerdos aparecen compartidos, las risas también. A veces se corrigen, otras se completan, pero siempre caminan en la misma dirección, como quien lleva décadas recorriendo el mismo sendero.
Se conocieron cuando todo era mucho más sencillo. No había coches, las cartas acortaban las distancias y los bailes eran el lugar donde comenzaban muchas historias. «Con educación no se daban calabazas», recuerdan entre sonrisas. Se casaron siendo muy jóvenes y, desde entonces, la vida les pidió de todo.
Jesús Luis trabajó en el campo, en la fábrica y junto a su cuñado con maquinaria agrícola. Margarita nunca conoció una jornada corta: el campo, los cerdos, la albañilería, la casa y la crianza de los hijos llenaron unos días que parecían no terminar nunca. Cuando él habla de aquellos años, no tarda en mirar a su mujer y decir, con la misma admiración que probablemente lleva repitiendo toda la vida: «Y mira qué guapa está.»
En su memoria permanece una época de enorme esfuerzo, pero también de una solidaridad que hoy echan de menos. Recuerdan pueblos donde las personas se ayudaban unas a otras, donde los bailes reunían a los jóvenes alrededor de un simple tocadiscos y donde, aun teniendo mucho menos, la felicidad parecía necesitar muy pocas cosas para aparecer.
También conservan los recuerdos más difíciles: el miedo de la guerra, la comida escondida para evitar las requisas, las historias de quienes nunca regresaron y de quienes tuvieron que aprender a seguir adelante cuando todo parecía derrumbarse.
Y quizá sea precisamente ahí donde mejor se comprende quiénes son. Porque cuando le preguntan a Margarita cómo ha conseguido atravesar los momentos más duros de la vida, recuerda el cáncer que un día le diagnosticaron y responde con una serenidad desarmante:
"Nunca hundirte. Siempre para arriba."
Después sonríe y añade:
"No tengo ojos de enferma. Tengo ojos de ser feliz."
Hay personas que hacen de la esperanza una forma de vivir. Jesús Luis y Margarita nos recuerdan que el verdadero amor también consiste en seguir caminando juntos, incluso cuando el camino se vuelve cuesta arriba.