top of page
  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
_DSC3920.JPG

Aras

93 años

"Hay personas que convierten los recuerdos en un lugar al que siempre apetece regresar. Elena tiene ese don."

El asombro no entiende de edades. Hay quienes llegan a la madurez sin haber perdido la curiosidad con la que miraban el mundo de niños. Elena conserva intacta esa mirada. Escucharla es abrir un cajón lleno de pequeños recuerdos que, con el tiempo, han adquirido el valor de los tesoros. No habla de grandes acontecimientos; habla de una naranja escondida bajo el colchón para la mañana de Reyes, de muchachas que rompían el cántaro a propósito para alargar unos minutos la conversación con los chicos junto a la fuente, de una radio alrededor de la que se reunía todo un pueblo y de una televisión que nadie creyó posible cuando regresó de su viaje de novios.

Su infancia transcurrió en un tiempo en el que el agua todavía había que ir a buscarla con caballerías, la ropa se colaba con ceniza y agua hirviendo y las familias cambiaban de casa buscando un alquiler un poco más barato. Creció entre calles donde todos se conocían por el nombre de la casa antes que por el apellido y donde un pueblo entero podía parecer una sola familia.

Aunque de niña prefería quedarse en casa con su escoba y su fregona antes que salir al campo, pronto aprendió a ganarse la vida. Primero tejiendo jerséis y calcetines, después marchándose sola a San Sebastián y a Bilbao para trabajar lejos de los suyos y, más tarde, convirtiendo la costura en un oficio que llenó durante años un taller en Aras. Cuatro mujeres acudían allí para cortar telas mientras los patrones de papel dibujaban vestidos que nacían de sus manos.

Pero quizá uno de los capítulos más singulares de su vida llegó cuando, junto a su familia, cuidó la hospedería del Santuario de Codés. Preparaban las habitaciones, lavaban las sábanas, atendían el pequeño bar y recibían a los peregrinos como si abrieran las puertas de su propia casa. Aquel lugar era mucho más que un alojamiento: era un refugio donde la Sierra seguía acogiendo a quien llegaba hasta ella.

En sus recuerdos también habitan los años más difíciles. El pan escondido entre viajes de Aras y San Sebastián durante el racionamiento. La puerta falsa donde ocultaban el aceite para que no lo encontraran los guardias. Los jamones escondidos en un cuarto del cementerio porque allí nadie se atrevía a registrar. El miedo de encontrarse a un maqui en la bodega cuando apenas era una muchacha. Las cruces que recordaban, junto a los caminos, a quienes nunca regresaron de la guerra.

Y, sin embargo, Elena nunca permite que el dolor ocupe demasiado espacio.

Habla de la vida con una alegría casi contagiosa. Después de haber sobrevivido a un ictus y de haber estado clínicamente muerta en varias ocasiones, asegura que prefiere reírse de todo. Pasa las tardes resolviendo puzles en la tablet, vistiendo muñecos, jugando a las cartas y dejándose cuidar por sus hijas, su nieto y un yerno al que nombra con un cariño inmenso.

Quizá ha comprendido algo que solo enseñan los años: que la felicidad nunca dependió de tener mucho, sino de saber disfrutar de lo poco. De una conversación al atardecer. De un baile de domingo. De una casa llena de gente. O de una simple naranja esperándote la mañana de Reyes.

© 2035 Nombre del sitio con Wix.com

bottom of page