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Genevilla

91 años

"La tierra endureció sus manos, pero nunca consiguió apagar la alegría con la que recuerda la vida."

A Antonio nunca pareció bastarle un único lugar. Él mismo dice que iba "de flor en flor", y quizá por eso sus recuerdos recorren tantos caminos como su propia vida.

Trabajó siempre en el campo. Conoció un tiempo en el que las cosechas de remolacha, patatas, tabaco, alubias o cereales marcaban el ritmo del año y en el que, cuando todavía no existían guantes para arrancar la remolacha, unos simples calcetines servían para proteger las manos. Regaba durante las noches en cuatro pueblos distintos y, cuando una cerda estaba a punto de parir, pasaba la noche entera vigilando para que no aplastara a sus crías.

Su relato también habla de los cambios que transformaron el mundo rural: cultivos que dejaron de sembrarse porque ya no eran rentables, jóvenes que marchaban a las fábricas cuando la tierra no podía sostener a toda una familia y una forma de vivir en la que la Virgen de Codés seguía siendo el lugar al que se acudía para pedir lluvia o agradecer un milagro.

Entre una historia y otra aparece un episodio que pudo cambiarlo todo. Con apenas veintiocho años sufrió un grave accidente de motocicleta. Lo dieron por muerto, recibió la unción de los enfermos y fue enviado a casa convencidos de que no sobreviviría. Contra todo pronóstico, salió adelante.

Pero si algo atraviesa toda la conversación con Antonio es la alegría con la que recuerda las jotas, los bailes y aquellas noches en las que los jóvenes recorrían las calles cantando bajo las ventanas. Porque, incluso después de una vida de trabajo incansable, todavía conserva la memoria de las canciones que hicieron de aquellos pueblos un lugar lleno de vida.

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