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Aguilar de Codés

91 años

"Algunas personas tienen el don de hacer que un lugar vuelva a respirar cada vez que hablan de él. Daría es una de ellas."

Los pueblos no solo se sostienen sobre sus calles o sus casas, sino sobre los gestos silenciosos de quienes los cuidan cada día. Daría ha sido siempre uno de esos pilares. Su vida parece estar hecha de esos trabajos que apenas dejan huella en los libros, pero que han levantado generaciones enteras. Apenas era una niña cuando empezó a subir a caballo hasta la sierra para llevar el almuerzo a quienes segaban bajo el sol. Poco después ya trabajaba con la azadilla entre remolachas, viñas y trigales, cuando las manos hacían el trabajo que hoy realizan las máquinas y el esfuerzo era simplemente la forma natural de vivir.

Daría pertenece a esa generación que aprendió muy pronto que la vida se construía trabajando. Creció en una casa donde la cuadra ocupaba la planta baja, la cocina reunía a la familia alrededor del fuego, el cuarto oscuro guardaba la leña para el invierno y, sobre las habitaciones, el granero esperaba las cosechas de cada año. Aquellas casas parecían pequeños mundos donde todo encontraba su lugar.

Guarda en la memoria un Aguilar de Codés lleno de vida. Un pueblo donde vivían más de seiscientas personas, con panadería, dos mataderos, un bar siempre concurrido y bailes a los que acudían jóvenes de Azuelo, Cabredo, Genevilla o Torralba. Los hombres pagaban la entrada y las cintas comenzaban a sonar mientras las miradas buscaban un baile. En las fiestas llegaban familias enteras para pasar varios días juntos; los mozos recorrían los bares reuniendo dinero para pagar a la banda de música y cada celebración parecía pertenecer a todo el pueblo.

También recuerda los inviernos interminables, cuando la nieve encerraba durante semanas a personas y animales, las romerías a Codés bajando por la senda a lomos de los caballos, el Jueves de Lardero llamando de puerta en puerta, la quema de Judas, las muñecas adornadas de Santa Águeda y los juegos de infancia en una plaza donde bastaban unas tabas o una piedra para llenar toda una tarde.

Cuando se casó, la vida volvió a exigirle mucho. Mientras su marido recorría las carreteras con el camión, ella sostuvo una granja con cientos de pollos, decenas de cerdas y todo el trabajo que aquello suponía. Y cuando el invierno detenía el campo, sus manos seguían ocupadas bordando a máquina el ajuar que ella misma preparó para su hogar. Incluso aprendió a cocinar con paciencia, ayudándose de su suegra y de los libros, porque sabía que el cariño también podía expresarse en un plato bien hecho.

En sus recuerdos también permanece el otro lado de la historia. La guerra, los nombres de quienes nunca regresaron, los sacos de trigo escondidos camino del molino para que no fueran requisados, el pan amasado en el horno común, el chocolate convertido en un lujo y el silencio con el que muchas familias aprendieron a convivir para evitar problemas.

Y, sin embargo, cuando habla, la amargura nunca ocupa el centro del relato. Prefiere recordar a las amigas que todavía regresan al pueblo, el cariño de sus vecinos, el nombre tatuado en el brazo de un nieto que quiso llevarla siempre consigo o la emoción de ver cómo una casa continúa llena de vida cuando alguien vuelve.

 

Quizá por eso escuchar a Daría produce una sensación difícil de explicar. Como si, mientras ella recuerda, las calles volvieran a llenarse de gente, sonara otra vez la música en la plaza y Aguilar recuperara, por un instante, el bullicio de aquel tiempo en que el pueblo parecía no terminar nunca.

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