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Genevilla

83 años

"En la mirada de María Teresa todavía caben las plazas llenas de niños, los veranos interminables y un pueblo que se resiste a desaparecer."

María Teresa recuerda un pueblo que hoy apenas existe. No porque sus calles hayan desaparecido, sino porque cambió la forma de vivirlas.

En sus recuerdos todavía permanecen las tardes de juegos en la plaza, cuando las niñas saltaban a la comba hasta que el cura pasaba camino del Rosario y todas corrían a casa. Los bailes en el granero al son de un acordeón, las fiestas de San Esteban y Santa Úrsula, las familias reunidas y una juventud que parecía llenar cada rincón de Genevilla.

Su conversación también recorre tiempos más difíciles. Habla de una abuela que murió de pulmonía cuando los antibióticos aún no existían; de una posguerra en la que el tocino se conservaba en sal y el menú apenas cambiaba durante semanas; de una guerra de la que solo podía hablarse dentro de casa y en voz baja. Recuerda incluso el día en que vio morir a Franco por televisión y cómo, poco después, comenzó una etapa en la que la vida empezó a cambiar con rapidez.

Entre una historia y otra aparece una preocupación constante: el paso del tiempo. Los labradores desaparecen, los pueblos se vacían y muchas costumbres quedan únicamente en la memoria de quienes las vivieron. Sin embargo, cuando habla de la Virgen de Codés, de las antiguas ermitas o de los veranos en los que sus nietos regresan al pueblo, uno comprende que ciertos vínculos resisten incluso cuando todo lo demás cambia.

Escuchar a María Teresa es descubrir que la memoria no solo conserva el pasado; también permite entender cómo hemos llegado hasta el presente.

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