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Genevilla

92 años

"Algunas personas consiguen que el paso del tiempo parezca más amable. Gloria es una de ellas."

Algunas personas consiguen que el paso del tiempo parezca más amable. Gloria es una de ellas.

Su vida comenzó muy pronto a entrelazarse con la de quien acabaría siendo su marido. Se conocieron cuando apenas tenían catorce años y él llegó a renunciar a marcharse a Argentina para quedarse a su lado. Desde entonces compartieron una vida marcada por el trabajo: una carnicería de cordero, los recorridos por los pueblos vecinos, hijos, preocupaciones y jornadas que, como ella misma dice entre risas, fueron «tela marinera».

Sus recuerdos dibujan un mundo donde el esfuerzo formaba parte de lo cotidiano. Las cantimploras de leche que llevaba cada mañana hasta la fuente, el agua que iba a buscar de noche con la yegua, las roscas de harina de maíz que preparaba su abuela cuando escaseaban otros alimentos o aquellos inviernos en los que lavarse la cara en el pilón parecía la cosa más normal del mundo.

También conserva muy viva la memoria de un pueblo lleno de ovejas, cabras, jotas y bailes en el bar de su madre. Un lugar donde las puertas permanecían abiertas y siempre había tiempo para entrar en casa de un vecino a compartir una conversación. Esa cercanía es, quizá, lo que más echa de menos.

Sin embargo, por encima de cualquier recuerdo permanece una actitud que atraviesa toda la entrevista. Gloria habla de las dificultades con una serenidad admirable, agradece lo vivido, sonríe mientras recuerda y sigue convencida de que, mientras pueda, no hay mejor lugar para estar que su casa y su pueblo.

Uno termina la conversación comprendiendo que la verdadera fortaleza rara vez hace ruido. A veces basta una sonrisa.

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