

Bargota
94 años
1932
"Estar con Consuelo es sentir que, a veces, una persona también puede ser hogar"
Volver a casa no siempre significa regresar a un lugar. A veces basta la presencia de una persona para que el tiempo se aquiete y todo recupere su sitio. Eso ocurre con Consuelo.
Ella habla con la serenidad de quien ha aprendido que la vida se sostiene, casi siempre, en las cosas sencillas. En sus recuerdos más que grandes gestas, hay huertos que alimentaban a toda una familia, tardes de juegos en la plaza de la iglesia, vecinas que acudían unas a otras cuando hacía falta y una casa en la que cualquier papel que cayera en manos de su padre terminaba leído.
Creció en una familia de labradores, junto a sus siete hermanos y con mucho trabajo por hacer. Fue una de las mayores de su clase y pronto comenzó a ayudar a la maestra con las niñas más pequeñas. «Me mandaba mandar», cuenta. Y lo hacía contenta.
Ella misma recuerda que siempre iba un poco más adelantada de lo que le correspondía.
Su padre fue un gran lector y transmitió esa curiosidad a sus hijos. Su madre, en cambio, tenía bastante con sacar adelante una casa tan numerosa. Consuelo heredó aquella afición y aún recuerda con emoción Corazón, de Edmondo de Amicis, un libro que conoció siendo apenas una niña y que todavía conserva un lugar especial en su memoria. También llegó a leer un libro de veterinaria que encontró en casa. Le gustaba leer, aprender y recordar lo aprendido.
En su relato aparecen los años difíciles. Tenía cuatro años cuando escuchó que «venían los comunistas» y los vecinos se reunieron en la bodega de su casa. Era tan pequeña que, según dice, todavía no sabía lo que era el miedo. Lo que sí recuerda es el hambre que vino después.
Durante una temporada se marchó a servir a Logroño. Allí conoció una vida distinta, pero regresó a Bargota. Aquí había nacido, aquí se casó muy joven y aquí formó su familia. Junto a su marido abrió un bar, uno de esos lugares donde las conversaciones, las visitas y la vida diaria ayudan también a construir un pueblo.
Consuelo ha visto cambiar Bargota y marcharse a muchas familias. Aun así, habla de su pueblo con cariño y le gusta que lleguen personas, que se organicen actividades y que las calles vuelvan a llenarse. «Siempre hay más ánimo», dice. Aunque ahora ya no pueda participar en todo, disfruta sabiendo que el pueblo sigue vivo.
Al final de la entrevista, cuando le pedimos que dijera su nombre y explicara de dónde era, respondió con una frase que parece resumirlo todo:
«Nací aquí, me crié aquí y esta es mi vida».
Y en esa vida, la familia ocupa un lugar esencial. Consuelo habla de sus hijos, de sus nietos y de sus bisnietos. Cuenta que una de las pequeñas, cuando pasa cerca de su casa, tiene que entrar a ver a la yaya. Lo dice con alegría, con ese orgullo tranquilo de quien sabe que es querida.
Cuando le preguntamos qué le gustaría decirle a su familia, responde:
«Que me hagan compañía».
Y enseguida añade: «Ya me la hacen, ¿eh?».
Esa segunda frase importa tanto como la primera.
Consuelo no habla desde la soledad ni formula una petición que nadie atiende. Reconoce y agradece la presencia de una familia que permanece cerca, que la quiere y que la cuida.
Quizás la riqueza de su historia radica precisamente ahí. Consuelo ha sabido convertir la presencia, el cuidado y la compañía en una forma de hogar.
Y quizás por eso vive rodeada de los suyos.
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