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Elena Marín Elejalde

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Aras / Torralba del Río

94 años

1932

"Elena es de esas personas que te reciben con una calidez y una sonrisa tan cercanas que uno siente su cariño incluso antes de conocerla."

El asombro no entiende de edades. Hay quienes llegan a la madurez sin haber perdido la curiosidad con la que miraban el mundo de niños. Elena conserva intacta esa mirada.

Escucharla es abrir un cajón lleno de pequeños recuerdos que, con el tiempo, han adquirido el valor de los tesoros. Habla de una naranja escondida bajo el colchón para la mañana de Reyes, de muchachas que rompían el cántaro a propósito para alargar unos minutos la conversación con los chicos junto a la fuente, de una radio alrededor de la que se reunían los vecinos y de una televisión que nadie creyó posible cuando regresó de su viaje de novios.

Su infancia transcurrió en Aras, en un tiempo en el que el agua todavía había que ir a buscarla con caballerías, la ropa se colaba con ceniza y agua hirviendo y las familias cambiaban de casa buscando un alquiler un poco más barato. Creció entre calles donde todos se conocían y donde, como ella misma dice, «en los pueblos, amigos son todos».

Aunque de niña prefería quedarse en casa con su escoba y su fregona antes que salir al campo, pronto aprendió a ganarse la vida. A los catorce años dejó la escuela y comenzó tejiendo jerséis y calcetines. Después marchó a San Sebastián y a Bilbao y trabajó lejos de los suyos.

La ciudad tampoco terminó de convencerla.

Extrañaba a su familia, el ambiente del pueblo y aquella manera de vivir en la que todos se conocían. En las calles de la capital, cuenta, las personas pasaban unas junto a otras sin hablarse. En Aras quizá tenían menos cosas, pero ella recuerda que eran felices.

Y Elena regresó.

La costura terminó convirtiéndose en una parte fundamental de su vida. Durante años trabajó como modista y varias mujeres acudían a cortar las telas y dibujar sobre papel los patrones de vestidos, camisas y pantalones. De sus manos salieron también prendas transformadas para sus hijas y sus nietas, porque entonces una buena tela podía tener muchas vidas.

Coser era mucho más que un trabajo.

«A mí me es gloria», dice.

Todavía hoy, aunque la vista ya no se lo permita como antes, asegura que podría coser «a tentón». Su familia prefiere que no lo intente. Elena protesta un poco, se ríe y termina aceptándolo.

A Félix lo conocía de toda la vida. Él bajaba a los bailes y, aunque Elena estuviera sentada, iba a buscarla. De ahí nació una relación que la llevó a dejar Aras y comenzar una nueva vida en Torralba del Río.

Su madre la acompañó durante los primeros días de casada. Después Elena se quedó aquí. Y ahí sigue.

Cuando le preguntamos qué es lo más bonito que recuerda de Félix, responde con una sola palabra:

«Todo».

Quizá uno de los capítulos más singulares de su vida llegó cuando, junto a su familia, cuidó durante años la hospedería del Santuario de Codés.

Preparaban las habitaciones, lavaban y planchaban las sábanas, atendían el pequeño bar y vendían recuerdos de la Virgen.

Pero, sobre todo, recibían a la gente.

Llegaban familias desde Irún, San Sebastián y muchos otros lugares. Algunas regresaban cada año. Al caer la tarde, cuando todavía era pronto para dormir, los huéspedes entraban en la cocina y se sentaban con ellos. Uno contaba chistes, otro contaba historias y, poco a poco, quienes habían llegado de fuera dejaban de parecer extraños.

«Como si fueran de casa», recuerda Elena.

Esa manera de recibir no se quedó en la hospedería. Sigue presente en ella. Está en su sonrisa, en la alegría con la que te recibe y en esa cercanía que hace sentir bienvenido incluso a quien acaba de conocer.

En sus recuerdos también aparecen los años difíciles: el pan que llevaba escondido desde Aras cuando trabajaba en San Sebastián, la puerta falsa donde ocultaban el aceite, los jamones guardados en un cuarto del cementerio porque allí nadie se atrevía a registrar y el miedo que sintió una tarde al encontrar a un desconocido tumbado junto a la bodega.

Elena cuenta estos episodios sin permitir que la oscuridad ocupe todo el espacio. Al poco tiempo vuelve una sonrisa, una ocurrencia o una de esas frases con las que consigue quitarle solemnidad incluso a los momentos más difíciles.

Su relación con la Virgen de Codés atraviesa también buena parte de su vida. De niña se llevaba grandes disgustos cuando los mayores subían al santuario y no la dejaban acompañarlos. Más tarde hizo el camino andando y, durante los años de la hospedería, cuidó de aquel lugar y de quienes llegaban hasta él.

Cuando le preguntamos qué tiene de especial para ella la Virgen de Codés, vuelve a responder con una sola palabra:

«Todo».

Hoy Elena pasa muchos ratos con su tableta. Pinta, hace rompecabezas, juega a las cartas y viste o da de comer a un muñeco. Se concentra tanto que la gente puede entrar sin que ella se dé cuenta. Dice que la relaja y que, mientras la utiliza, hasta los dolores parecen alejarse.

Ya ha gastado tres en seis años.

Y se ríe.

Se ríe con facilidad, a veces sin saber muy bien por qué. Se ríe de sí misma, de las cosas que le dicen y de las pequeñas situaciones de cada día. Esa alegría convive con el cariño de una familia que permanece siempre cerca.

Elena lo sabe y lo agradece.

«Pocas habrá más cuidadas que yo», afirma cuando habla de sus hijas, sus nietos y su yerno, siempre pendiente de acompañarla, acercarle agua o salir con ella a la calle.

Hacia el final de la entrevista le pedimos que recuerde algo de su vida con especial cariño. Elena piensa durante unos segundos, pero parece incapaz de escoger un único momento.

Entonces responde:

«Si era todo con cariño. Te venían a buscar las amigas: cariño. Te llamaba la vecina desde la ventana: pues cariño».

Tal vez esa sea la mejor manera de comprenderla.

Elena ha pasado una vida cosiendo, cuidando, recibiendo y haciendo sitio a los demás. Hoy ese mismo cariño vuelve a ella en forma de compañía, atención y una familia que la quiere profundamente.

Y seguramente por eso, cuando uno se marcha después de haber estado con Elena, tiene la sensación de haber recibido también un poco de ese cariño.

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