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María Isabel Corres Gutiérrez

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(Barakaldo) Genevilla

82 años

"María Isabel nació en Barakaldo, pero también echó raíces en Genevilla. Porque hay lugares que llegan a ser nuestros, no por nacimiento, sino por todo lo vivido en ellos."

María Isabel comenzó la entrevista dejando algo muy claro.

Cuando creímos que había vivido solamente una temporada en Barakaldo, nos corrigió enseguida:

«¡He nacido y vivo! ¡Que vivo todavía! Soy de Barakaldo.»

Lo dijo con tanta viveza que todos terminamos riéndonos.

Tenía ochenta y un años y estaba sentada entre tres amigos de Genevilla que la reconocían como una más. Compartían recuerdos, discutían algún detalle y completaban las historias con la confianza de quienes llevan muchos años encontrándose en el mismo lugar.

María Isabel nació y continúa viviendo en Barakaldo. Allí conoció el ritmo de la ciudad, trabajó como costurera y construyó buena parte de su vida.

Pero su relación con esta tierra comenzó mucho antes de llegar a Genevilla.

Su padre era de Cabredo y nunca perdió el amor por Navarra.

«A mi padre, su Navarra no se la quitaban. Y yo reconozco que soy como él.»

María Isabel heredó aquel vínculo, aunque con el tiempo encontró su propia manera de vivirlo.

Cuando sus hijos eran pequeños, quiso que pasaran aquí los veranos y que pudieran integrarse desde el primer día con los demás niños. Su hijo tenía cinco años y ella temía que, si llegaba más tarde, se encontraría los grupos ya formados.

Buscaron una casa en Cabredo, pero nadie quiso alquilarles.

Entonces apareció Genevilla.

Llegaron buscando un lugar para pasar una temporada y terminaron encontrando un pueblo al que seguirían regresando durante toda la vida.

«Y aquí estamos todos los años.»

Esa frase parece sencilla, pero detrás de ella hay décadas de veranos, amistades y recuerdos compartidos.

Hay conversaciones al caer la tarde, puertas abiertas, vecinos que entraban sin llamar y una forma de vivir en la que la cercanía importaba más que la prisa.

Genevilla no era el pueblo de su padre ni el lugar donde ella había nacido.

Fue el lugar que eligió.

Y lo quiso con la misma profundidad con la que otras personas quieren la tierra en la que han vivido siempre.

Sus recuerdos están llenos de caminos recorridos. De joven iba en bicicleta hasta Santa Cruz, Cabredo y Marañón. Cuando llovía, se colocaba papel de periódico bajo la ropa para protegerse del frío y regresaba completamente empapada. Todavía recuerda que podía subir las cuestas sin bajarse.

«¡Qué tiempos aquellos!»

Después de casarse nunca volvió a montar en bicicleta.

También recuerda una noche en la que fue a buscar dos grandes garrafones de aceite, un alimento escaso y valioso. Regresaba con una yegua de monte que acababa de tener una cría cuando la oscuridad las sorprendió.

La yegua resoplaba, se inquietaba e intentaba morderla. María Isabel perdió el camino y terminó viendo a lo lejos las luces de Marañón. Temió que los garrafones nunca llegaran a casa.

Pero llegaron.

«Hay cosas que no se olvidan.»

Al escucharla, imaginamos a aquella muchacha avanzando de noche, aferrada a una yegua asustada y empeñada en regresar con aquello que su familia necesitaba. En la forma en que lo cuenta todavía pueden sentirse el miedo, el alivio y la fuerza que hicieron falta para seguir adelante.

María Isabel pertenece a una generación que aprendió a resolver con lo que tenía. Conoció los años de la posguerra, los alimentos escondidos para evitar las requisas y la preocupación por conservar todo aquello que tanto trabajo costaba conseguir.

Pero lo más hermoso de su relación con Genevilla está en lo que vino después.

Su hija terminó casándose con un hombre de Marañón. Su hijo vive en Vitoria, pero construyó una casa en Genevilla, tiene allí su huerta y regresa en cuanto dispone de un par de días. Sus nietos también quieren venir.

María Isabel llegó al pueblo con dos niños pequeños.

Hoy esos niños regresan con sus propias familias.

Ella nació en Barakaldo.

Pero hizo de Genevilla un lugar propio.

Y hoy ese amor tiene una casa, una huerta y unos hijos y nietos que, en cuanto pueden, regresan al pueblo.

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