

(Andoain) Desojo

(Labraza) Desojo
"Algunas historias pertenecen a una sola persona. La de Jesús Luis y Margarita solo puede contarse desde el nosotros."
Desde el principio sabíamos que la entrevista sería con los dos. Jesús Luis era quien cumplía la edad que buscábamos para Evocaciones, pero él y Margarita querían compartir aquel momento y a nosotros nos encantaba la idea de escuchar la memoria de una pareja.
Sus hijos, que aquel día los acompañaban, también los animaron a sentarse ante la cámara.
Apenas comenzaron a hablar, apareció entre ellos esa forma tan especial de entenderse que solo se adquiere después de toda una vida compartida.
Uno iniciaba una historia y el otro añadía el detalle que faltaba. Se recordaban nombres, se corregían fechas y se preguntaban continuamente: «¿Verdad?». A veces discutían un poco sobre cómo habían ocurrido las cosas; otras, una mirada bastaba para que los dos comenzaran a reírse.
Escucharlos era asistir a una conversación que llevaba muchos años sucediendo.
Nos recibieron con alegría y una amabilidad que hizo desaparecer enseguida cualquier distancia. Los dos tienen un encanto especial. Jesús Luis conserva una forma entusiasta de contar y Margarita esa manera alegre, activa y decidida de enfrentarse a la vida que todavía la empuja a no rendirse ante nada.
Jesús Luis nació en Andoain, Guipúzcoa, pero llegó siendo niño a Desojo, el pueblo de su madre. Su padre había trabajado como guardia civil, aunque terminó regresando al campo porque aquella era la vida que prefería.
Margarita nació en Labraza, Álava. Allí creció, trabajó y desarrolló la fuerza con la que después afrontaría todo lo que fue llegando.
Se conocieron en un tiempo sin teléfonos móviles y con muy pocos coches. Para verla, Jesús Luis caminaba desde Desojo hasta Sansol, tomaba la Estellesa hasta Viana y después continuaba en taxi hasta Labraza. Cuando no podían encontrarse, se escribían cartas. Los bailes hicieron el resto.
Entonces los muchachos pedían permiso para sacar a bailar a una joven y, como recuerda Margarita entre sonrisas, «con educación no se daban calabazas». Decir que no resultaba demasiado feo para quien había reunido el valor de acercarse.
Jesús Luis cuenta que durante un tiempo creyó que Margarita ya tenía novio. Ella lo interrumpe inmediatamente para aclarar que solo era un amigo. Él intenta seguir con la historia, ella le pide que no cuente tanto y los dos terminan riéndose.
Muchos años después, todavía saben hacerse reír con el recuerdo de quienes fueron.
Margarita tenía veintitrés años cuando se casaron. Jesús Luis, veintisiete.
A partir de entonces, la vida les pidió mucho.
Jesús Luis había comenzado a trabajar siendo casi un niño. A los diez años acompañaba a su padre a la viña y, para los doce o trece, ya sabía hacer prácticamente todas las labores. Tenía facilidad para estudiar y alguien llegó a proponer que continuara formándose, pero su familia necesitaba que permaneciera en casa y ayudara a sostenerla.
Hasta que se casó, todo lo que ganó fue para sus padres.
Más adelante trabajó durante veintidós años en la fábrica de galletas Marbú, en Viana. Cumplía allí su jornada y, al regresar, continuaba en el campo junto al hermano de Margarita, ocupándose de las viñas, la siembra y la cosecha. Hubo años en los que trabajaba catorce o quince horas diarias.
Margarita tampoco conoció una jornada corta.
Cuidó de los cerdos, trabajó en las viñas, cultivó champiñón, pasó por una fábrica y sostuvo la casa y la crianza de sus hijos. Hubo noches de invierno en las que permaneció junto a las cerdas mientras parían y después se lavó las piernas con agua fría sobre la nieve.
Cuenta todo aquello con energía, sin concederse demasiada importancia y casi sorprendida de que alguien pueda considerar extraordinario lo que ella hizo durante tantos años.
También ayudó a levantar la casa en la que construyeron su vida. De tres pajares viejos hicieron un hogar. Margarita trabajaba junto al albañil, cargaba sacos de cemento y participaba en cuanto fuera necesario.
Y, además, disfrutaba haciéndolo.
«Se hacen cosas bonitas», explica, como si esa frase bastara para justificar todo el esfuerzo.
Jesús Luis la escucha y no tarda en intervenir:
«Ella hacía todo.»
Después la mira y añade:
«Y mira qué guapa está.»
Margarita se ríe y parece querer quitarle importancia. Pero él insiste:
«Yo he trabajado mucho y ella más.»
En ese pequeño intercambio está buena parte de su historia. Él habla de ella con una admiración que no ha disminuido con los años. Margarita recibe el elogio entre la risa y el pudor, pero también con la confianza de quien sabe que aquellas palabras son sinceras.
El amor entre ellos es evidente y aparece así: sin discursos y sin necesidad de explicarse. Está en la forma en que se miran, en cómo se completan, en las pequeñas discusiones que terminan en sonrisa y en el orgullo con el que cada uno reconoce lo que el otro ha hecho.
A pesar del enorme esfuerzo, nunca cuentan su vida desde la amargura.
«Hemos vivido muy felices», repiten varias veces.
Pudieron marcharse de Desojo. Compraron incluso un piso en Viana, pero Margarita nunca se sintió a gusto allí. Tampoco quisieron establecerse en Vitoria. Preferían la tranquilidad del pueblo, la libertad de vivir cerca del campo y la posibilidad de criar allí a sus hijos.
Para ellos, construir una vida exigía permanecer, trabajar y mejorar poco a poco aquello que tenían.
Cultivaron una huerta, plantaron nogales, manzanos, ciruelos, una higuera y parras. Abrieron un pozo y convirtieron una finca vacía en un lugar del que podían recoger buena parte de lo que comían.
También vieron transformarse Desojo. Recuerdan un pueblo con más de quinientos habitantes, tiendas, bares, panaderos, vendedores de pescado y calles llenas de personas. Vieron marcharse a muchas familias, cerrar casas y desaparecer buena parte de aquella vida.
Pero cuando hablan de su juventud, el pueblo vuelve a llenarse.
Recuerdan las meriendas de los sábados y los domingos, los bailes alrededor de un tocadiscos y las noches en las que se cantaba hasta el amanecer. A veces la fiesta terminaba justo cuando había que ir a segar. Se cambiaban de ropa y marchaban al campo sin haber dormido.
La vida era dura.
Y ellos aseguran que eran felices.
También conservan los recuerdos más difíciles: el racionamiento, el trigo escondido para evitar que fuera requisado, la pobreza de muchas familias y los relatos de los padres que tuvieron que abandonar sus casas para ir a la guerra. Hablan de trabajos agotadores, de peones que apenas cobraban y de una época en la que estudiar o elegir otra vida era una posibilidad reservada a muy pocos.
Jesús Luis y Margarita quisieron algo diferente para sus hijos.
Los educaron a través del ejemplo y se esforzaron para que pudieran estudiar y construir una vida con más oportunidades que la suya. Hablan de sus dos hijos con un orgullo que les ilumina el rostro.
«Los hijos han dado mucha vida», dicen.
Y sus hijos devuelven ese cariño. Aquel día estuvieron cerca, los acompañaron y los animaron a compartir una historia que seguramente conocían bien, pero que querían conservar contada por ellos mismos.
La fuerza de Margarita aparece a lo largo de toda la entrevista. Al recordar los momentos en que la vida se volvió especialmente difícil, explica cuál ha sido siempre su manera de afrontarlos:
«Yo en la vida siempre tenía una meta: no hundirme nunca. Siempre para arriba.»
Margarita tiene una vitalidad que parece empujarla constantemente hacia delante.
Cuando algo se complica, busca la manera de superarlo. Cuando hay trabajo, se pone a hacerlo. Y cuando la vida golpea, se niega a permitir que la tristeza decida por ella.
Cuenta que una enfermera le dijo una vez que tenía «ojos de viva».
Margarita respondió:
«No tengo los ojos de viva. Tengo los ojos de que soy feliz.»
La frase la retrata por completo.
Su alegría no procede de haber tenido una vida fácil. Nace de una decisión repetida muchas veces: continuar, luchar, levantarse y poner buena cara a cuanto fuera llegando.
Jesús Luis comparte esa misma forma luminosa de recordar. Le gusta cantar y habla con entusiasmo de los tiempos en que las voces llenaban los bares, las calles y la iglesia de Desojo.
Durante la entrevista, casi sin que tuviéramos que insistir, entonó la canción con la que los jóvenes recorrían las casas por Santa Águeda.
Más tarde, su hija le recordó otra canción.
«Nos ha dicho tu hija que cantas bien las mañanitas de San Juan.»
Jesús Luis aseguró que ya no podía cantar como antes. Dijo que tendría que hacerlo en voz baja.
Y entonces cantó.
Margarita permaneció a su lado, escuchándolo. Sus hijos estaban allí. Y durante unos minutos aquella casa se llenó de la música que había acompañado tantos momentos de su vida.
Las mañanitas habían formado parte también de la infancia de sus nietas. Cuando iban a visitar a sus abuelos, se quedaban en casa cantando con Jesús Luis. Con el tiempo, las dos estudiaron música en el conservatorio: una eligió el violonchelo y la otra el trombón.
Así, una canción aprendida muchos años atrás en un pequeño pueblo continuó viviendo en las generaciones que vinieron después.
Quizá aquella escena resume parte de su esencia: Jesús Luis cantando, Margarita sonriendo, sus hijos acompañándolos y el recuerdo de sus nietas unido a la música.
Han trabajado, han luchado y han superado juntos cuanto fue llegando.
Han levantado una casa, una familia y una vida de la que hablan con orgullo. Han aprendido a corregirse sin hacerse daño, a reírse de sus diferencias y a reconocer todo lo que el otro ha dado.
Cuando les preguntamos por qué creen que han sido tan felices, responden que por luchar, trabajar e ir avanzando poco a poco.
Pero al verlos juntos aparece también otra respuesta.
Han sido felices porque, después de tantos años, continúan mirándose con admiración, haciéndose reír y eligiendo contar su historia desde el nosotros.
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