


Desojo
102 años
"La memoria de un pueblo también sabe sonreír.
Sabina nunca deja que lo olvidemos."
Vivir nunca fue para Sabina una cuestión de esperar el momento oportuno, sino de abrazar cada día tal y como llegaba.
Habla con la naturalidad de quien nunca ha sentido la necesidad de exagerar nada. Sus recuerdos llegan acompañados de una sonrisa, de una anécdota inesperada y de esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente de dónde viene.
Nunca quiso marcharse de Desojo. Allí estaba su familia, su trabajo y una vida que, aunque exigía esfuerzo cada día, nunca sintió que le faltara nada. Creció entre negocios familiares, hermanos, vecinos y pueblos que se visitaban unos a otros como si todos formasen parte del mismo hogar. Las fronteras entre Desojo, Aras, Bargota o Torres apenas existían: las fiestas, los bailes y las amistades las borraban constantemente.
Fue una mujer adelantada a su tiempo. La primera chica del pueblo en tener una bicicleta, viajera incansable junto a sus hermanas y dueña de una personalidad que todavía hoy conserva intacta. Mientras recuerda cómo la modista de Logroño presumía del tipillo que tenía para hacerle vestidos, no pierde la oportunidad de regalar alguna de esas observaciones llenas de humor con las que consigue que toda la conversación estalle en carcajadas.
Pero detrás de esa alegría también asoman los años difíciles. La guerra, el trigo requisado, las familias que abandonaron el pueblo y los silencios que quedaron después. Son recuerdos que aparecen sin dramatismo, como parte de una vida que aprendió a seguir adelante sin dejar que las heridas definieran el camino.
Y, sin embargo, lo que permanece por encima de todo es la celebración.
Las jotas que todavía canta de memoria. Los bailes que la llevaban de un pueblo a otro. Las fiestas que llenaban las plazas de vino, anís y conversaciones. La ilusión de una bicicleta nueva. Los viajes compartidos con sus hermanas.
Escuchar a Sabina es descubrir que la memoria también puede sonreír.